FINAL DE LA TEMPORADA 2011
2011/12/29
Bien podría decirse que el Caribe
solo tiene dos estaciones, la temporada de huracanes y el resto, o lo que es lo
mismo, una mala y otra buena.
Particularmente en estos dos años he
cogido la "experiencia" para tener bien claro cómo moverme y qué se
puede esperar de estas dos estaciones.
El pasado año, navegando por estos
mares, fue de claro aprendizaje, cuya principal lección recibida, fue; que
navegar el Caribe con prisas, es sinónimo de recibir unas buenas bofetadas de
la meteorología, con el consiguiente mal rato al barco y por extensión a los
tripulantes, que al fin y al cabo estamos en esto para en primer lugar,
disfrutar de la vida que nos toca vivir, aunque afrontemos con buenas maneras,
cuando la navegación se complica.
Como digo, aunque la temporada de
huracanes abarca, oficialmente, desde día 1 de Junio, al 1 de Noviembre,
considero que la mala estación va desde Septiembre a primeros de Diciembre y
por consiguiente son unos buenos meses para dejar el barco a buen recaudo, más
abajo del paralelo 11º y "huir" a la vieja Europa, donde pasar un
otoño tranquilo entre familiares y amigos.
Me quedé en la anterior y lejana
crónica, regresando a Puerto la Cruz, tras superar un apacible verano en
compañía de mis amigos de siempre y los nuevos camaradas venezolanos y
franceses, que aliviaron sin percibirlo claramente, las ansiedades materiales y
sentimentales que me oprimían y que de alguna manera me han abocado a un cierto
ostracismo todo el resto del año.
Como bien dice el proverbio; no hay
mal que cien años dure, y aunque este año ha sido especialmente y
particularmente cruel, incluida la crisis económica en que nos hemos visto
inmersos, parece que personalmente, poco a poco, mi moral asciende de nuevo.
Para el año entrante nuevamente
tengo visita de mis amigos y esperanzadores proyectos de vida a la vista,
nuevas navegaciones y otra vez más luz a un futuro náutico que ya empezaba a
sentir ahogarse.
Retomando el hilo que dejamos allá
por el mes de Agosto, la primeras preocupaciones fueron dejar en buenas manos a
mis dos fieles compañeros de aventura, Rufino y al Bahía las Islas. A mi
inseparable animalillo, le encontramos familia de acogida en la secretaria de
mi amigo José, quien me facilita todas las operaciones burocráticas desde que
llegué a Venezuela, ya que llevarlo a España conmigo, como era mi deseo, se
hubiera convertido en un farragoso embrollo burocrático y un inasumible
desembolso económico, que actualmente no me puedo permitir.
Para mi querido barco, después de
ver varias posibilidades, al final y aunque los precios se han duplicado desde
el año anterior, se quedará en la marina de Bahía Redonda, donde tengo el
convencimiento que la seguridad es la más apropiada.
Antes de mi partida, conocí otros
personajes de los que enseguida te das cuenta se han hecho un hueco en tu vida,
Lurdes y Jose, una simpática pareja valenciana de jóvenes, deseosos de
emprender, con su Moskito Valiente, una placentera vida de navegantes,
alejándose de los convencionalismos y las cadenas sociales.
Recomendados por mi buen amigo Jose
María, pronto hemos simpatizado y acordado que con nuestros respectivos barcos
nos vayamos a disfrutar de unos días a la isla de Tortuga. Con ellos viaja, en
su propio barco, Xavier, otro francés con el que llevan navegando desde Brasil
y del que aprenden con eficacia el buen quehacer del marino.
También no desaproveché la ocasión
de aportar a la caja de abordo un buen incentivo, al proponerme José que
llevase en cuatro días a dos parejas de italianos a conocer la isla Tortuga.
Este pequeño viaje con desconocidos supuso una experiencia muy agradable y
jugosa.
Días antes de mi marcha, ha sido
momento de dejar el Bahía las Islas en condiciones de mantenerse cerrado por
una larga temporada y la experiencia me dice que estos parones no le sientan
nada, pero que nada bien, así que me esmero en revisar y repasar algunos de los
puntos susceptibles a deterioros.
En ello estamos, revisando la
baterías, cuando un fortuito cortocircuito casi me provoca un incendio a bordo.
Una vez atajado el susto y ventilado todo el interior, no pierdo un minuto en
investigar que ha pasado. Pronto encuentro el motivo, el cable de control del
winche eléctrico se ha fundido ¿la causa? Al renovar todo ese cable quemado, me
encontré, en un rincón de la sentina, la rata que embarcó de polizón en
República Dominicana y que debió mordisquear el cable produciendo la avería.
Aunque la muerte del indeseable bicho no fue por electrocución sino
presumiblemente debido al veneno que la puse cuando llegué este verano a Puerto
la Cruz
Sin otros contratiempos llegan las
cenas con unos y otros, las despedidas y los adioses de tantos amigos que he
hecho este verano, Con Lurdes y Jose quedamos en vernos por España, ya que
ellos también regresan a Valencia, Con Eduardo y Jaqueline seguiremos en
contacto y me veré con su hijo también por la península, con Cathy y Philippe
la despedida quizás sea hasta siempre, pero quien sabe, al fin y al cabo el Caribe
es un mar no muy grande y seguro que nos encontramos de nuevo, aún así, con las
comunicaciones actuales es fácil no perderse la pista.
Otros amigos, Julio y Maribel del
velero Cibeles en su segunda vuelta al mundo, Ítalo y Carmen, con los que trabé
amistad en Canarias, cuando estaban finalizando su también vuelta al mundo,
Miguel, Felipe, Anna, Santiago y algunos más seguro nos veremos a mi regreso,
dos meses después.
La estancia en España de dos meses,
que en principio parecía que daba para hacer muchas cosas, al final el tiempo
parece que no cunde y el agobio del apretado calendario de fechas para el
regreso, que se echan encima.
Han sido días de reencuentros con
mucha gente, de ir acopiando materiales que hacen falta abordo que son
difíciles o caros encontrar en el Caribe, mirar presupuestos entre Bilbao,
Madrid y Valencia, para tener las cosas claras al regreso del Bahía las Islas
el próximo año, a realizar su cura de rejuvenecimiento, porque no sé del tiempo
que dispondré para realizar los trabajos abordo, es mejor ir adelantando
cuentas.
También han sido días para
clarificar, al menos someramente, los asuntos económicos, burocráticos y como
no, los asuntos personales.
Y por supuesto, no podían faltar
algunos días de navegación por mi mar Cantábrico de toda la vida y compartir
con mi gente de siempre, buenos momentos.
De vuelta en Venezuela, sin
contratiempos y en el día previsto, que en este país siempre te queda la duda,
me reencuentro con mis amores.
A Rufino me lo tren al día siguiente
y me quedo sin palabras cuando me lo encuentro mucho más delgado y plagado de
parásitos, garrapatas, pulgas y piojos, ¡vaya manera de cuidar a un animal!,
varios días para desparasitarlo y darle ración doble de comida para que la piel
no parezca que le sobran un par de tallas.
Con respecto al barco todo está más
o menos como lo dejé, aunque al poner el motor en marcha en unos segundos deja
de funcionar, a investigar que ha pasado y sin tener hurgar demasiado pronto
encuentro que uno de los vasos pre-filtros del gasoil se ha roto, cosa extraña
pero… es lo que tiene dejarlo parado dos meses. Un poco de bricolaje, y listo,
aunque cada vez que se saca la herramienta "pesada" y se mueven cosas
de su sitio para trabajar cómodo, da pena como se ve el interior del Bahía,
parece un bazar.
Bien, unos días más de orden,
limpieza, compras y el barco al varadero para su renovación anual de la pintura
bajo la línea de flotación, que evita no se adhieran toda la clase organismos
que habitan estas aguas y no frenen la navegación.
En tres días de nuevo en el agua y
al día siguiente no me resisto a darme una vuelta por el archipiélago del
Parque Nacional de Mochima, ahí mismo a escasas cinco millas de Puerto la Cruz,
pero la fama que tiene de haber habido algunos asaltos a embarcaciones, había
evitado que anteriormente nos aventurásemos a visitarlo.
Tomo mis precauciones básicas como
siempre que navego cerca de la costa, por si sufro un ataque, como poner a buen
recaudo todos los elementos de valor que no están fijos y dejar a mano algunos
señuelos, como un ordenador que tengo en desuso, una cámara de fotos averiada y
una emisora de mano también averiada y algo de dinero para que hipotéticamente
se vayan contentos que a fin de cuentas es lo que normalmente buscan estos
maleantes.
Pero no ha ocurrido nada y he
disfrutado de un día fenomenal, una lástima lo de la piratería porque todo este
dédalo de islas, cuya principal el la Chimana Grande, son una maravilla.
Pero no me conformo en un simple
crucerito diurno, he decidido irme a Tortuga y pasar allí a mis anchas,
disfrutando de las playas, los peces y las carreras de Rufino por largas playas
de arena blanca.
Un día para comprar verduras frescas
y una mañana temprano, antes de amanecer abandonamos el puerto, esta vez sin
hacer papeles. Cruzamos la bahía de Pozuelos con muy poca actividad a esas
horas, de petroleros que normalmente aguardan para cargar en las refinerías de
la bahía. Nada más alejarnos un poco de la costa y con la amanecida, la brisa
del este ya hace su aparición y es un placer poder navegar a vela, sin más
sonido que la ola provocada por el Bahía las Islas al surcar las agua.
Hasta Tortuga es un viaje alrededor
de nueve horas, esta vez como hay muchos días por delante hasta que regrese a
Puerto la Cruz, he decidido encaminarme a la costa sur que desconozco y
explorar su litoral.
El día es especialmente claro, tanto
que por primera vez, de las muchas navegaciones que he hecho en estos dos
veranos, he podido divisar a la vez Tortuga y la isla Borracha a la salida de
Puerto la Cruz, distantes casi cincuenta millas.
La meteorología también ha sido la
más benigna de cuantas me han tocado en esta travesía, una media de diez nudos
y la mar casi como en un estanque, de esos días que disfrutas de lo lindo y de
los que guardas un bello recuerdo.
Arribamos a Tortuga como había
planeado a la costa sur. En la carta me he fijado en una pequeña bahía
denominada Chaguarama, del mismo nombre como una muy popular que existe en
Trinidad. Al acercarme veo que dispone de una amplia playa, como la carta no
tiene un detalle muy preciso me aproximo con prudencia, se ven arenales que
calculo están a tres o cuatro metros de la superficie, ideales para largar el
ancla, pero al acercarme también observo, que hay diseminados, numerosos
cabezos de coral, que en algunos casos sé que afloran hasta cerca de la
superficie.
Siempre muy atento a la sonda, largo
el ancla en un lugar que me parece idóneo, esta ha agarrado muy bien en un
fondo arenoso y enseguida me dispongo a echar un vistazo bajo el agua y
comprobar si alguno de los corales me puede comprometer. No ha sido el caso,
aunque un par de ellos, si el barco cambiase su posición por el viento,
quedarían a escasamente un metro por debajo de la quilla, pero eso no me
preocupa.
El sitio es excelente y protegido,
aunque estoy un poco lejos de la playa, he decidido pasar un día más aquí,
además los cabezos de coral suelen ser buenos lugares de pesca, que ya estoy un
poco necesitado de proteínas marinas. Pero me ha decepcionado un poco el
ecosistema, se nota que Tortuga está bastante castigada por la pesca
profesional, y por mucho que he buscado no he encontrado ningún pez digno de
llevarlo a la cocina.
Cambio de lugar, esta vez me muevo a
un entorno ya conocido, los islotes de los Tortuguillos, buen fondeadero
siempre que el viento se mantenga del noreste o del este, que es lo habitual en
estas fechas. De nuevo pocos peces en lugares que el año pasado me surtía sin
problemas, pero… al segundo día de estancia la diosa fortuna del mar se ha
apiadado de mí y me ha puesto a la vista una hermosa langosta, que sin ninguna
dificultad atrapo a lazo, a mi estilo, por una de las antenas.
Doy gracias a Neptuno y le aseguro
que será la única que coja estos días. Este regalo de más de kilo y medio, me
servirán para dos buenos banquetes, unas alubias blancas de Elorrio, que traje
expresamente para prepararlas con la primera langosta que cogiese y al día
siguiente, una sabrosa caldereta de langosta, al estilo de Fornels.
A mi alrededor durante el día
fondean a descansar y dormir varios de los peñeros de pesca que trabajan estas
aguas, no me extraña que no encuentre peces, andan por la zona no menos de una
docena de estas embarcaciones largando redes.
No sé qué extraño sentimiento de
clemencia me ha sucedido, pero el caso es que he decidido indultar a la pobre
langosta que tengo metida en una bolsa de malla, bajo la panza del barco, así
que me pertrecho de la cámara submarina y me voy con ella al arrecife, aunque
tendrá que pagar un precio por su liberación y no ha sido otro que participar
en el juego de volverse a ver de nuevo atrapada y vuelta a la libertad, para
quedar reflejada en imágenes. Supongo que habrá aprendido de la experiencia y
guarecerse mucho mejor de los depredadores.
Los días pasan e irremisiblemente,
cambio de fondeadero y me voy a cayo Herradura, he esperado al domingo por la
tarde cuando las motoras de los domingueros abandonan su lugar preferido para
regresar a sus puertos base, el fondeo está un poco más tranquilo que en Tortuguillos,
pero a pesar de que la bahía está muy protegida el Bahía se mueve bastante y no
se han ido todas las embarcaciones con sus músicas estridentes, aunque he
fondeado lo más lejos posible.
La pesca por aquí está complicada,
debido a la turbidez de las aguas por arena en suspensión pero siempre queda la
opción de intercambio con los pescadores locales, no ha hecho falta
desplazarme, una mañana se me acerca un peñero pidiéndome cigarrillos que no
tengo, pero una botella de whisky y un bote de Nescafé es de su agrado y a
cambio me pasan un par de hermosos peces, suficientes para cuatro o cinco
comidas
Llegan los días de regresar a Puerto
la Cruz, dos semanas por Tortuga se han pasado rápido, la Navidad está a la
vuelta de la esquina y aunque no voy a celebrar nada, tampoco tengo porqué,
prefiero estar ya en puerto, que una semana después llegan Fermín y su mujer
Lali y he de tener el barco listo para partir hacia Roques.
Estos últimos días el viento está
soplando un poco más de lo normal y la previsión es que se mantenga, me preparo
para irme hasta playa Caldera en Punta Delgada y desde allí como siempre he
hecho hacer el salto. pero aún he de esperar dos días a que remita un poco el
ventarrón. Una soleada mañana me pongo en camino, poca vela en el aparejo para
recorrer las doce millas, tres o cuatro bordos y en dos horas y media largo el
ancla en un lugar bien conocido, pero en el que es la primera vez que soy el
único barco.
Una siestecilla y cuando me levanto
me encuentro una goleta fondeada no muy lejos, desde el barco me hacen señas
para que conecte la radio, un poco extrañado, me pongo al habla y cual no es mi
sorpresa que es Noelia con su marido e hijo, los amigos de Julio y Maribel del
Cibeles.
La verdad que el fondeadero está muy
incómodo por la ola que entra, no me extraña que no hubiera nadie, eso comento
con mis amigos, pero quiero salir hacia Puerto la Cruz en cuanto amaine un
poco.
Pero las cosas en la mar no siempre
son como uno las planifica, al día siguiente, me llama Noelia desde el Ocean
Sunrise para decirme que al otro lado de la bahía junto a las rocas hay un
velero en apuros, rápido tomo los prismáticos y efectivamente veo un velero
cabeceando en medio del oleaje, les digo a mis amigos que hemos de ir con el
dinghy a ver el problema y que podemos hacer, viene Jammi a buscarme y vamos en
ayuda del velero.
En el lugar que se encuentra la
marejada ronda los tres metros y como hay poco fondo las olas se encrespan a
punto de romper. El único tripulante del velero un señor francés bastante
mayor, le indicamos que corre serio peligro si no puede sacar el barco del
lugar, sorprendentemente nos dice que no tiene combustible, insistimos que
abandone el barco, que salte al agua y le recogemos, pero se niega en redondo,
sin poder hacer más damos media vuelta y volvemos a los barcos a por una
garrafa de gasoil para hacérsela llegar. Vuelta a atravesar la bahía, nos damos
cuenta que la mar ha crecido todavía más y pensamos que el barco no va a
aguantar mucho si no es capaz de arrancar el motor, le pasamos la garrafa con
un cabo y allí dejamos al señor en claro peligro, a menos de cincuenta metros
de las rocas donde el oleaje estalla con fuerza.
Sin haber llegado de nuevo a
nuestros barcos, vemos con aprensión que el mástil está inclinado, eso quiere
decir que se ha producido el desastre y que ha naufragado. Damos inmediato
aviso a la guarnición de guardacostas de lo ocurrido y vemos que en unos
minutos allá va un destacamento y poco después comunican por radio de que han
rescatado al hombre, eso nos quita un gran peso de encima, pero en todo el
resto del día no me puedo quitar de encima la aprensión del naufragio de un
barco y no haber podido hacer nada por evitarlo, siento un vacío y malestar, lo
mismo les pasa a mis amigos, cuando hablamos por radio.
Tenía intención de haber salido al
día siguiente temprano para Puerto la Cruz, pero las imágenes del naufragio me
hacen ser más prudente si cabe y en vez de hacer el recorrido normal bordeando
punta Delgada, lo que supone navegar con la costa a sotavento durante cinco
millas con un maretón del carajo, decido irme por el otro lado de la isla y no
asumir riesgos, aunque el viaje sea un poco más largo.
Dicho y hecho, levanto el fondeo y
me voy viento en popa de nuevo a cayo Herradura y demorar un día más la partida,
además quito la visión del velero destrozándose contra las rocas, que al día
siguiente aún tiene el mástil en pie.
Aún con cierta aprensión inicio la
singladura de 70 millas rodeando la isla por sotavento, mucho más calmada del
embate de las olas, aunque no deja de ser una navegación movidita pero amena,
trinquetilla en el estay volante y dos rizos a la mayor, diez horas y media y
atraco en la marina de Bahía Redonda de puerto la Cruz.
Por el camino nos hemos surtido de
la cena navideña, un par de dorados de buen tamaño que hace las delicias de
Rufino
Doy por concluida esta mini
vacaciones que como he dicho al principio, con un claro sabor agridulce y una
experiencia más. He llegado a tiempo de preparar si no una espectacular cena,
al menos y buen plato de pescado bien fresquito.
Al día siguiente aparece por la
marina el Siroco Diez, un velero de Valencia que conocí hace unos años en
Formentera. Sus patrones, Carlos y Toni Nieto, con ellos y sus tripulantes paso
los tres días que han permanecido en puerto, en agradable camaradería, en
Roques volveremos a encontrarnos.