ADIOS A VENEZUELA Y SUS PARAISOS
INSULARES
2010/11/06
Sábado
Vuelvo a mi
mundo náutico con un vacío que me atenaza el estómago, me pongo inmediatamente
en movimiento para ocuparme en un sin fin de quehaceres antes de la partida
definitiva de Venezuela la semana próxima.
Al día
siguiente continúo haciendo cosas pero sin demasiada continuidad, me pierdo en
divagaciones y otros pensamientos más allá de la próxima realidad, me refugio
en escribir diarios, pensamientos y crónicas, pero me cuesta hilvanar frases
coherentes sin que afloren los recuerdos placenteros.
Los días
pasan rápido, ya voy tomándome con más apego las tareas de la lista y el tiempo
van cundiendo bastante alentadoramente.
Begoña ha
llegado felizmente a su casa y me participa que también siente el vacío de unas
maravillosas vacaciones pasadas.
Tampoco es
que no me importe esperar un poco, porque el martes 26 vienen de España Jose y
Virginia y quiero despedirme de ellos antes de marchar, no tendremos muchas
oportunidades de vernos de aquí en adelante
El jueves 28
se abre esa esperada ventana de cuatro días, antes de la llegada, relativamente
cerca, a las costas venezolanas del Huracán Tomas, ya no dudo de que me voy ese
día antes de que llegue. Cargo gasoil casi al cien por cien de la capacidad que
tengo, en la clandestinidad de la noche, como si lo estuviéramos robando,
porque los extranjeros no tenemos derecho a él, en los precios que se vende
normalmente al público, 7 céntimos de euro el litro, vamos, casi regalado y
claro, donde hay diferencias hay mercado negro, como con el dinero y otras
cosas, en un país como este en el que todo es corrupción.
Y el jueves
me despido de José y de algunas amistades que he ido haciendo. Jose y Virginia
sueltan las amarras del Bahía, despidiéndome con un ”hasta Curaçao” y la
recomendación de que use el arnés durante la travesía.
Son las once
de la mañana, está soleado, sopla una brisa del norte, ideal para mi
navegación.
Miro hacia
atrás, han sido cuatro meses desde que arribé por primera vez, ahí queda un
buen bagaje de experiencia muy positiva y sobre todo salgo del lugar donde se
ha estado gestado una buena parte de mi futuro.
Me voy con
el convencimiento de que volveré si las cosas no se ponen realmente malas, es
un buen sitio para tomar como base, buenos accesos y barato. No me voy del país
con un recuerdo especialmente sentimental, la gente no es demasiado
hospitalaria, mucho mercantilismo, sumergida en una sociedad demasiado fracturada
de ricos y pobres, donde por denominador común unos y otros rezuman ordinariez.
Todavía no
he conectado el piloto automático, disfruto llevando a la mano el timón del
Bahía, navegamos a un descuartelar por encima de los 6 nudos, tomo sendos
cuadernos, en uno para marcar la bitácora de la travesía y en el otro para
escribir al momento las impresiones y el diario.
Con el sol
ya próximo al ocaso, veo por estribor, a bastante distancia un mercante, es el
momento de conectar el piloto automático y encender en el ordenador el programa
AIS con el que controlar el tráfico, de momento abundante, pero ninguno se
inmiscuye en mi rumbo.
Este
aparatito es una maravilla de la ciencia, con él controlo todos los mercantes
en cuarenta millas a la redonda, me dice sus rumbos, sus velocidades, sus
nombres y que tipo de barco son , así como sus dimensiones, vamos, toda la
información que necesito para saber a que atenerme, además ellos también me están
viendo a mi, lo que es una doble seguridad.
Los
mercantes son todos petroleros, se suceden como las cuentas de un rosario, pero
están bien controlados, de momento no tengo a ninguno lo suficientemente cerca
como para que extreme las precauciones. Estoy en medio de la ruta de salida del
petroleo venezolano hacia el Oeste y no hay otra más corta para llegar a
Curaçao.
Después de
cenar, cuando el AIS no señala ningún buque en nuestra ruta, duermo
intermiténtemente, ahora solo me preocupan los pesqueros que puedan estar
trabajando en las proximidades del Farallón Centinela, generalmente hay pocos,
pero en esa zona de bajos fondos seguro que encuentro alguno.
Tengo
previsto llegar a la zona del Farallón sobre las dos de la madrugada, así que
hay tiempo para echar un par de cabezadas.
La luna, en
su fase de cuarto menguante, ha hecho su aparición por el este poco después de
las 22h, aún da un buen resplandor y es grato navegar con esa penumbra.
Han pasado
unos minutos de la media noche y he dormido una hora, cuando veo el primer
destello del faro en el Farallón Centinela, lo tengo a varias millas por la
amura de babor, le he dado bastante resguardo a ese peñasco en medio del mar,
por seguridad.
En la proa
distingo una lucecita, el AIS y me indica un mercante a 20 millas, así que la
luz solo puede ser de un pesquero, le mantengo atención pero enseguida veo que
navega hacia estribor nuestro, quedando libres y sin compromiso, de todas
formas me mantengo alerta de uno y otro.
El petrolero
viene a 14 nudos, en media hora tengo sus luces a la vista y en otra media hora
pasa a una milla de distancia, por mi babor, veo en sus datos que se ha
apartado unos grados del rumbo que traía para no comprometernos, ya que un
velero, por pequeño que sea, en medio del mar tiene preferencia de paso ante
cualquier gigante de acero, pero uno no se puede confiar, tengo conocimientos
de muchos veleros arrollados por esos mastodontes .
El resto de
la noche es bastante tranquila, ni un solo barco, parece como si todos se
hubieran puesto de acuerdo en dejarme la noche tranquila, duermo de hora en
hora como un bendito.
La
superficie marina, de un color pardusco, está bastante encrespada para el poco
viento que hace, pensaba desplegar el espinaker, pero con el cabeceo del Bahía
corro el riesgo de que la delicada vela se líe al estay, así que mejor me
ahorro riesgos innecesarios y lo retiro de la proa, donde ya lo tenía desde
ayer, dispuesto a su izada en cualquier momento.
Hoy la
navegación ha cambiado totalmente con respecto al de ayer, se me está haciendo
pesada, avanzamos despacio, con bastante movimiento, hace un calor incómodo, ni
tan siquiera tengo hambre, pero he de alimentarme y preparo una ensalada y
aunque ha salido tímidamente el sol, de momento la única alegría me llega en un
mensaje, vía teléfono Iridium, de Begoña,
El piloto
automático sigue funcionando ininterrumpidamente desde la tarde anterior, me
lleva un rumbo rectilíneo al punto que le he marcado en Curaçao y se pone el
sol cuando ya faltan 75 millas a mi objetivo.
Ceno con un
poco más fundamento que a medio día, sentado a la mesa, si el día ha sido
anodino, la noche se presenta alentadora, se ha despejado el cielo, soplan 10
nudos por la aleta de estribor. Antes del ocaso he cambiado la maniobra a
orejas de burro, con lo que la navegación es más tranquila y rápida, e incluso
la mar se ha serenado bastante.
A cuatro
millas me cruza por estribor rumbo a Margarita el crucero Grand Princess, todo
un derroche de luces de esta micro-ciudad de diversión a flote para solaz de
turistas, que diferente forma de navegar... también ya era hora de ver algo más
que petroleros.
Por la amura
de estribor se ve un resplandor que debe de pertenecer a la isla de Bonaire, en
la que tenía intención de recalar, pero la sombra de Tomas, no me permite
licencias.
Poco antes
de media noche, he tenido que reducir la vela mayor de nuevo, ante una repentina
subida del viento, provocada por un negro nubarrón, pero ha sido momentáneo,
enseguida todo vuelve a la normalidad de la navegación placentera, de la mar
bella y noche estrellada, aunque ya no vuelvo a izar toda la vela, voy bien de
tiempo para llegar en hora a mi destino y más tranquilo por si se repite uno
esos habituales fenómenos atmosféricos cuando duermo.
Vuelvo a
ajustar las velas para recorrer las doce millas que aún restan para arribar a
Spaanse Water en cuya protegida ensenada se encuentra la marina de Santa
Bárbara, a la que me dirijo.
Cuando ya
navego cercano a la costa sur de Curaçao, aparece a toda velocidad, una lancha
guardacostas que se dirigen hacia mi, no tardan en abordarme dos agentes para
comprobar mi documentación y hacer una inspección muy somera, hablan español,
así que no hay problema, anotan mis datos y amablemente se van deseándome buena
estancia.
Desafortunadamente
me notifican que hasta la semana próxima no pueden darme plaza, ya que hay
previsión de que el huracán Tomas pase relativamente cerca y todo el mundo ha
buscado refugio en las marinas, me quedo un poco indeciso y como se que la cosa
no va a ser grave, busco una zona en el manglar donde se puede fondear con
seguridad, no lejos de otro velero. Elijo el lugar sin prisas, doy una vuelta
por los alrededores comprobando el fondo y largo el ancla en el centro del
círculo que he sondado, aseguro bien las fundas y todo lo que el presumible
viento pueda mover.
Pasa el fin
de semana sin apenas cambios, más que una persistente calma chicha, que
aprovecho para poner al día ciertos trabajillos retrasados. El lunes ya tengo
plaza de amarre en la marina y esa misma noche entra Tomas, pero como estaba
previsto con poca fuerza y mucha lluvia, que en pocas horas tal como ha venido
se ha ido.
Mi primer
huracán con el Bahía y la verdad que casi ni me he enterado, esperemos que siga
la racha.
Ahora a
esperar que el fin de semana lleguen Carlos, Piedi, Fermín y Lali y comenzar
otra etapa en mi vida trashumante.