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VIAJE AL PARAÍSO DE LOS ROQUES
2010/08/22 Domingo
La
estancia en el club náutico de Bahía Redonda en Puerto
la Cruz, ha servido para realizar las tareas de aprovisionamiento y
las farragosas tramitaciones burocráticas de entrada al país
del Sr. Chavez, en el que todo se agiliza, con un poco de suerte si
se va tirando de cartera.
Pero afortunadamente, la hucha del barco apenas se ha resentido debido a la inestimable colaboración de José, persona entrañable para nosotros, propietario de una agencia de viajes, unido a la ausencia de prisas, ha sido suficiente para que con mucha paciencia, nuestros papeles estén en regla y la estancia en el puerto, nos hayan resultado realmente baratos.
No demoramos demasiado la partida hacia las paradisíacas islas, de las que tantas historias hemos oído, primeo a Tortuga.
La inseguridad de la costa en la que nos encontramos, sigue pesando sobre las decisiones a tomar en cuanto a la navegación, por eso hacemos la salida a las tres de la mañana, sin luces y sin previo aviso, quizás estamos un poco neuróticos por la seguridad, pero más vale prevenir, porque son muchas las historias de asaltos que nos han contado últimamente.
El asesinato de un americano, en la cercana isla de la Borracha, por ataque de unos salteadores, el pasado año, pesa en nuestros temores, así que, nos sentimos bastante aliviados cuando horas después, ya de día, dejamos en la lejanía, la costa del continente americano y por proa a cuarenta millas, navegamos tranquilos hacia la isla de la Tortuga, a motor, ante la ausencia de viento.
Según el GPS quedan para arribar a la isla menos de diez millas, pero por la proa aún no vemos tierra, es normal, la máxima cota de esta isla son treinta y cinco metros y hasta aproximarnos a menos de cinco millas no vemos los primeros contornos de algunos manglares.
Hemos puesto como objetivo de arribada a playa Caldera, nada más doblar punta Delgada, al nordeste de la isla.
No nos defrauda lo que vemos, una larga playa de arena blanquísima, arriamos velas en las inmediaciones, penetrando con precaución, porque la sonda aún lejos de la orilla señala poco más de tres metros y vemos el fondo como si pudiéramos tocarlo con solo alargar el brazo.
No tardan en acercarse una lancha con las autoridades para comprobar que nuestros papeles están en regla.
Notardamos en botar la neumática y desembarcar. En la parte más resguardada se encuentran unas cuantas cabañas de pescadores y algunos peñeros en la orilla, nos acercamos y no tardamos en entablar conversación con uno de ellos, Moncho, afable persona, que a la postre iba a ser nuestro anfitrión en los días que pasamos en la isla.
Por aquí Rufino se encuentra en su salsa, persiguiendo lagartijas y haciendo amistades con sus congéneres de la pequeña comunidad de pescadores.
Pronto nos ofrecen un par de enormes langostas ante las que no hemos podido resistirnos, máxime cuando el precio nos ha parecido más que asequible.
La otra cara de la moneda de los modernos paraísos es que el sábado, bien de mañana, una ingente cantidad de motoras van llegando en rosario desde Puerto la Cruz y puertos aledaños, no es de extrañar, ya que los combustibles aquí son casi más baratos que el agua embotellada.
En ellas llega lo más granado de la ordinariez venezolana, todas fondeando a escasos metros de la playa, incluso abarloándose de cinco en cinco, se nota a primera vista, que la cosa debe ser muy habitual en días festivos, ostentación, vulgaridad y música a todo volumen, parece nuestra idílica playa una barraca de feria, pero la agradable amistad que hemos hecho con Moncho, compensa con creces semejante marabunta, pasamos gran parte del día en su cabaña, con terraza y vistas a la bahía.
Queremos conocer un poco más de Tortuga antes del salto a los Roques, así que al tercer día levantamos el fondeo y vamos para Cayo Herradura, donde el panorama es aterrador, más de un centenar de motoras, del mismo pelo que en Caldera.
Solo nos demoramos unas horas para ver de cerca hasta que punto alcanza la vulgaridad de esta gente, sin pérdida de tiempo ponemos proa a Tortuguillos, a tres millas, lejos del mundanal bullicio de Herradura.
Aquí la cosa es otra historia, elegimos la playa más al sur de este par de islas y la decisión ha sido un acierto, estamos solos y podemos aproximar el barco a una escasa treintena de metros del arenal, cerca tenemos un arrecife que no tardamos en explorar y la sorpresa de lo más agradable, los corales más bonitos que hemos visto hasta ahora, enseguida me procuro la cena, cuatro de mis peces preferidos, que aquí llaman “catalanas” y una langosta que harán de la cena una delicia para los tres.
Tenemos interés de llegar cuanto antes a los Roques, nuestra meta inmediata. No desaprovechando el viento que soplará toda la noche, a las nueve de la noche, ya estamos levantando el fondeo para poner proa a nuestro destino, noventa millas al noroeste.
Una delicia de navegación con noche estrellada y quince nudos de aleta, el Bahía navega bien después de la limpieza de bajos que tuvimos que hacer en Caldera.
A media mañana ya vemos tierra, hemos puesto un punto de arribada junto a la Boca del Medio, una abertura en el arrecife Bajo de la Cabecera, que protege por el este, de norte a sur toda la isla de Roques.
La entrada no es complicada, con el sol alto se ven perfectamente los bajos, además, el pecio de un mercante en la mismo extremo del arrecife, es una marca perfecta para localizar el paso, una vez ubicado su asentamiento.
En esta zona como en Tortuga, las cartas electrónicas tienen un error de 0,4 millas y por lo tanto no son demasiado fiables, aunque como orientación son válidas porque vemos reflejados con bastante precisión bajos y arrecifes diseminados por doquier.
Hemos arriado velas con suficiente antelación y penetramos con las máximas precauciones. Los fondos dentro son considerables, en torno a los quince metros, pero según las cartas hay una zona de unos seis metros que no tardamos en localizar, fondeando con seguridad y contentos de haber alcanzado nuestro segundo objetivo.
No tardamos en equiparnos y explorar los arrecifes próximos, en busca de nuestro tan deseado sustento, pero de tan maravillosas expectativas de abundante pesca, pronto pasamos a la decepción, al no encontrar ese Eden del que con entusiasmo hablaba mi amigo Carlos, cuando pasaron por aquí con el Rebeca, aunque no por ello hayamos dejado de conseguir unas buenas piezas que llevar a la cocina del Bahía.
Pronto nos enteramos que España jugará la final del mundial de futbol, asamblea a bordo y cambio de planes, aunque el fútbol no entra en nuestros planes, el acontecimiento puede ser histórico, por lo que decidimos posponer la visita a las islas Aves e ir al Gran Roque a ver el partido.
Como faltan tres días y no queremos dejarnos, de momento, ver por las autoridades del Parque Nacional de los Roques, elegimos la pequeña isla de Nordisqui para pasar la noche.
Una navegación de siete millas sorteando arrecifes y arenales para penetrar en un pequeño lagoon de excelente fondeadero. Enseguida nos dedicamos a lo que más nos gusta, explorar los fondos, no demasiados espectaculares en este lugar, pero localizo una zona en la que abundan los salmonetes y como se que es el pescado preferido de Iñaki, preparo mi equipo para intentar darle el placer de degustarlos, previo aviso que será complicado, ya que son piezas difíciles de arponear, pequeños, cuerpo estrecho y no son estáticos como otras piezas.
Una hora más tarde he conseguido cuatro de buen tamaño y un par de ellos que no he podido recuperar, pero aún así ha sido una excelente partida, e Iñaki contento de degustar su plato favorito.
El último día antes del partido fondeamos en Madrisqui, a una milla escasa del Gran Roque. Desde este lugar, que creemos discreto, nos desplazamos con la neumática hasta el poblado, nos parece muy pintoresco, casas reconvertidas de posadas, de multicolores fachadas, decoradas con buen gusto en el mayor de los casos.
Localizamos la pizzería de Pedro, en la plaza de la comunidad, del que traemos buenas referencias y donde veremos el partido del domingo, en torno a una buena pizza, poco después de un paseo de reconocimiento, hacemos compra en el más grande supermercado, que afortunadamente está recién abastecido y regresamos al Bahía las Islas un poco mojados al tener que hacer el viaje de vuelta contra el viento y la marejadilla que origina.
La meteorología, está siendo un poco más ventosa de lo habitual, siempre en contacto con Eduardo, vía Iridium, que son mis ojos en los modelos meteorológicos de Internet, ya que la tecnología de la red por estos lugares está poco desarrollada.
Por el momento un par de ondas tropicales de escasa actividad nos han sobrepasado, con mucho aparato eléctrico y bastante lluvia en la segunda, pero viento nada anormal, a penas unos pocos por encima de los habituales quince nudos que soplan regularmente desde que hemos llegado.
Y ganó España el mundial de fútbol, todo son felicitaciones para nosotros.
También ha quedado en el recuerdo el leve altercado con las autoridades, al poco de la llegada, ya que a pesar de haber hecho oficialmente la entrada en capitanía de guardacostas no cumplimentamos el resto de autoridades, lo que nos supuso una amonestación y no tener más remedio que ponernos al día, apoquinando el canon de entrada al Parque Natural, pero era algo con lo que ya contábamos
Más de un mes navegando sin parar por este pequeño paraíso marítimo que es la isla de los Roques, ha servido para conocer cada isla y muchos recovecos preciosos, en gran medida solitarios, de blancas playas y arena que parece harina.
Los Roques, como no me canso de repetir, es uno de esos últimos paraísos para el crucerista, que gusta del submarinismo y la tranquilidad de playas desiertas; zambullirse en sus cristalinas aguas y descubrir un autentico acuarium en cada arrecife, un microcosmos de vida, desde los minúsculos y multicolores peces coralinos hasta enormes barracudas que patrullan el arrecife con la indolencia de saberse en el escalón superior de la escala trófica.
Demasiado a menudo, diría, que prácticamente a diario, tenemos encuentros con estos bellos predadores, al principio imponen cierto temor con su estilizado cuerpo y fría mirada, permaneciendo curiosas cerca de nuestras evoluciones, pero con el tiempo ya van siendo parte del paisaje y salvo que estemos de caza no nos preocupamos mucho de ellas.
Francisqui, Norosqui, Crasqui, Sebastopol, Dos Mosquises, Cayo Agua, nombres que antes de llegar a Roques, veíamos en las cartas y nos sonaban como mágicos; ahora ya forman también parte de nuestro vocabulario, islas que recorremos una y otra vez, fondeando y disfrutando de bellos atardeceres, sobre todo cuando los peñeros “repatrian” a los pocos turistas diurnos, de nevera y sombrilla cada tarde y nos quedamos solos o como mucho, con algún otro barco fondeado en la lejanía.
En Dos Mosquises visitamos el centro para la conservación de las tortugas marinas, un verdadero ejemplo a seguir, ya que por aquí el cuidado del medio marino y su fauna, no es en general algo que esté en la preocupación de los paisanos pescadores, que según nos han dicho, las nidadas de las tortugas están dentro de su codicia pesquera terrestre.
En Norosqui se puede nadar junto a ellas, de hecho, mi hija Eva se pasa horas en el agua siguiéndolas y ya hasta parece que se ha hecho amiga de una de ellas, que incluso se la ha acercado hasta tocarse.
Cayo Agua, una peculiar isla en forma de atolón, que en la segunda visita hemos dado con el paso hasta acercarnos a la playa de la isla norte, avanzando a poca máquina por entre cabezos de coral, con sondas de dos metros y medio, pero bien ha merecido la pena porque aquí no vine nadie y posee el más precioso arrecife que hayamos visto hasta ahora.
Como estaba previsto, tras la partida de Joakin e Iñaki, el resto mis amigos están viniendo a pasar sus vacaciones en el Bahía las Islas, mi hija, su novio David y la inesperada visita de Cristina y Herbert, aprovechando su estancia por Venezuela, está siendo muy agradable tanta compañía en este mi descubierto pequeño mundo.
Por último mi buen amigo Juanjo, autor de esta página web, con la familia al completo, han podido descubrir por propia experiencia, que mis relatos son del todo objetivos. En diez días le he visto disfrutar como en un parque acuatico.
No me canso de recorrer los mismos lugares de ensueño que previamente había descubierto, con unos y otros, pero aunque se repitan los fondeaderos, la experiencia diaria es diferente en cada momento y aún me queda otra buena temporada por estos parajes cuando regrese con Begoña.
Ahora nada más dejar a mis amigos en el aeropuerto, sin más dilación pongo rumbo a Puerto la Cruz, todo me viene cuadrado con el regreso, me sirve para renovar papeles de estancia en el país, sacar al Bahía las Islas a tierra en su mantenimiento anual, avituallar la menguada despensa de a bordo y esperar la llegada Begoña, para regresar de nuevo otro mes a mi particular coto de disfrute.